domingo, 7 de noviembre de 2010

A la izquierda


A la muerte siempre la tenemos cerca, como diría Castaneda “La muerte es nuestra eterna compañera” pero desgraciadamente, lo olvidamos, como casi a todo lo que tenemos cerca. Además de que hay tanta violencia, tanta muerte, tanta tristeza en nuestra realidad, que preferimos prender la computadora, abrir el facebook, irnos de parranda, evadirnos, olvidarnos de que el mundo se está cayendo a pedazos y nosotros con él. Eso es aun más triste. Ha muerto un amigo, a todos nos duele, nos lastima, su ausencia, su partida y nos sentimos tristes, ya no lo tenemos, ya no podremos verlo, abrazarlo, reírnos con él. Tengo el corazón apachurrado o el área de mi cerebro en la que se establece el dolor inflamada, pienso en él, en las veces que pude llamarlo, verlo, ahora, es demasiado tarde. Eso me lleva a pensar en todas aquellas personas que he matado y que me han matado a lo largo de sus vidas. ¿Habrá alguna sensación así el día en que nos sea imposible realmente encontrarnos? ¿A cuántas personas hemos dejado en el cajón porque estábamos tan enojados, tan dolidos, tan ocupados y los fuimos dejando ahí, hasta que se murieron? Que idiotas somos de pensarnos eternos. Que grande este amigo mío que con su muerte me hizo recordar que estoy viva. Porque también sucede que, por imposible que parezca, lo olvidamos. Nos vamos llenando de cosas, de compromisos y dejamos que las circunstancias definan nuestras vidas y el día de mañana nos despertamos un día pensando ¿Es esto lo que realmente quería? Yo, de alguna manera intento vivir, con todo y contra todo, me obligo a observar la vida, las caras de la gente, sentir el viento, el sol, hacer lo que me gusta, sentirlo todo, amar, aventarme a mis abismos, dejar ir, ser feliz. Gracias Antonio, por detenerte en mi vida, por los recuerdos, por las risas, por recordarme que aún estoy aquí. Descansa en Paz.
JD

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