miércoles, 5 de mayo de 2010

Positivo en sangre

Hace casi un año, el pasado 10 de mayo, en el patio de una casa, una voz dulce me dijo:
¡Quizá feliz día de las madres!, esa frase todavía me sigue rondando en la cabeza…

Positivo en sangre… Así se leía en el papelito. Rio a carcajadas, lloro emocionada. Inicia entonces el río de preguntas que hasta hoy siguen atorándose en mi cabeza. Primera decisión: ¿ a quién llamar? A mi madre. Le corresponde de acuerdo con el árbol genealógico.
-Estoy embarazada- grito por el celular como si quisiera que mi voz recorriese el océano pacifico que nos separa.
-Lo sabía, te lo dije, las mamás lo sabemos todo – contesta.
Al escuchar eso me quedo muda. ¿Las mamás lo saben todo? Yo ni siquiera sé como se llama la siguiente calle, tengo que regresar a la oficina, hacer compras, dejar de fumar, ir al médico y claro, hacer la segunda llamada, lo cual me aterra.
-¿Bueno?
-Te tengo una noticia: Estoy embarazada.
Tres minutos de silencio después, una voz tranquilizadora y feliz promete estar en contacto, me dice que me ama, que llamará por la noche.
Enciendo el carro, me pierdo por las calles que he recorrido los últimos doce años, llego a ciegas a mi oficina y trato de concentrarme. Hay algo que ya crece en mi. Ya me siento mamá y no, no lo sé todo. Reorganización. Adiós cigarros, zapatos de tacón y alcohol. Sigo guardando la noticia como un secreto celoso. Confundida y con la oreja pegada al teléfono, mi madre ha llamado cincuenta veces en las últimas doce horas. Ella ahora me dice ¿Cómo están? Yo le digo que supongo que “estamos” bien. Supongo que creciendo, supongo que contentos, supongo, solo supongo.
Tengo miedo. Pero estamos bien, supongo.


Pero no lo estuvimos, yo no lo estoy todavía. Todo sucedió muy rápido, la sangre entre las piernas, las lágrimas como ríos, la impotencia, su voz hablándole a mi estomago diciendo: ¡agárrate, no te sueltes!, las preguntas, los medicamentos, su mano entre mis piernas tratando de detenerlo todo, mis manos sobre mi vientre (ésta: la casa derrumbada), el hospital, la nausea, los médicos, el vacio… Todo sucedió muy rápido. El silencio, la resignación (sentimiento horrible, pues no deja ningún margen, no podemos hacer nada, las cosas son así y no pueden cambiarse), mi sexo adolorido, mi mente en otro lado, el silencio…. La recuperación, la explicación “lógica”: Dios, la naturaleza, la madre tierra, yemanya, las circunstancias….

El silencio, el silencio al que recurrimos todos, nadie quiso hablar de eso…
Huí, nadie lo entendió, ni yo misma, ahora sé que fue el duelo de mis entrañas lo que me aventó a tierra firme. Ahí sobre los brazos de mi madre lloré las raíces rotas, el hueco, la cavidad vacía…
Nunca será igual, nunca seré igual, me falta algo y no son las hormonas, ni la crisis de los treinta, es la tierra queriendo germinar, mi útero latente, la voz que dice: ¡agárrate, no te sueltes!...
JD

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